Luis Mamanka Sifuentes

Biografía

Luis Sifuentes, conocido en el mundo artístico como Mamanka, nació el 2 de enero de 1962 en Barranca, al norte de Lima, Perú. Segundo hijo de doña Hilaria Gonzales y don Ángel Sifuentes, creció en un entorno marcado por la austeridad y la distancia emocional. Sin embargo, encontró en su abuela Mamanka —de quien toma su nombre artístico— una figura esencial, maternal y protectora, que, con sus relatos, sabiduría popular y conexión con la naturaleza, sembró en él una sensibilidad profunda que terminaría definiendo su universo creativo.

Desde muy joven, Mamanka descubrió una forma de escapar de la rigidez de su entorno a través del arte y la contemplación. Solía caminar solo por las playas de Puerto Chico, donde se nutría del viento marino, el rumor de las olas y las formas caprichosas de las piedras. Tallaba ramas con una simple navaja, buscaba figuras en las piedras del camino y soñaba, por un tiempo, con convertirse en marinero. Aquellos juegos infantiles fueron las primeras expresiones de un espíritu creativo que más tarde encontraría cauce en la escultura.

A los 16 años se trasladó a Lima, culminó sus estudios escolares y se independizó. Un día cualquiera, mientras caminaba por el Jirón de la Unión, conoció a un estudiante de la Escuela Nacional de Bellas Artes. Fue ese encuentro el que le reveló su vocación. Visitó la escuela, sintió que había encontrado su destino y, poco después, postuló e ingresó en 1982 a la especialidad de Escultura. Desde el inicio, se propuso que las limitaciones económicas no serían un obstáculo para su formación artística. Se las ingenió para transformar todo tipo de materiales en arte: maderas, metales, cartones, utensilios domésticos, incluso telas de colchón. Su impulso creativo no conocía límites.

 

Pero sería la piedra —con su dureza, su memoria y su carga ancestral— la que conquistaría su alma. Mamanka encontró en ella una compañera silenciosa, un espejo espiritual. A través del mármol de Carrara, el travertino, el granito o el basalto, desarrolló un lenguaje escultórico personal y profundamente simbólico. La piedra no solo se convirtió en su medio predilecto, sino en el soporte esencial de su poética visual.

A los pocos meses de haber ingresado a Bellas Artes, ganó el Primer Premio Nacional de Escultura otorgado por la Municipalidad de Lima. Más adelante, fue galardonado con el Primer Lugar en el II Salón Nacional de Escultura del ICPNA, lo que le valió una beca de estudios en Estados Unidos. Su paso por el extranjero dejó huellas profundas en su mirada artística, expandiendo su visión estética y técnica.

De regreso en Perú, trabajó en madera durante una etapa intermedia de su carrera, donde exploró el cuerpo humano, la intimidad, la soledad y la conexión con el entorno. Produjo obras de mediano formato con un exquisito tratamiento del volumen y la textura, incorporando metales y relieves que dialogaban con la tradición y la contemporaneidad.

 

 

Pero su gran salto llegó con la serie Ojo de Agua, una propuesta escultórica inspirada en los puquios —manantiales ancestrales— que combinaba elementos genitales, vitales y orgánicos. En estas piezas, el artista trabajó formas depuradas, suaves e insinuantes, acompañadas por incisiones que recordaban antiguos símbolos del agua, connotando fertilidad, fluidez y origen. La crítica de arte Elida Román definió esta serie como «una vivencia estética significativa», en la que lo masculino y lo femenino se conjugan sobre materiales milenarios.

Contra toda expectativa, presentó después la serie Battanes, inspirada en el batán andino, una piedra usada ancestralmente para moler granos. Aunque en su momento fue desacreditada por algunos sectores académicos, esta serie se convirtió en un puente emocional con el público. Personas de distintas generaciones reconocían en sus obras recuerdos de infancia, escenas familiares, emociones dormidas. El batán, símbolo de lo cotidiano y lo ancestral, fue resignificado por Mamanka como una forma escultórica cargada de memoria e identidad. Esta serie marcó un punto de inflexión en su carrera, llevándolo a exposiciones internacionales en Europa y Asia.

 

 

Durante sus viajes, representó al Perú en diversos simposios y eventos de arte, expandiendo su obra y su mirada. En una etapa de madurez artística y personal, inauguró la serie El Espíritu del Agua, en homenaje a su abuela Mamanka. Con piezas en granito y mármol travertino, retrató la sensualidad del agua en formas que recorren vetas, curvas y cavidades. En sus palabras, recreó el mundo mágico que su abuela le enseñó a ver, donde la naturaleza no solo era paisaje, sino hogar, secreto, templo.

Posteriormente, integró las series Battanes, El Espíritu del Agua y Erosión, creando una trilogía escultórica que explora el tiempo, la transformación y la memoria desde lo material. Erosión, especialmente, ha sido celebrada por su carácter minimalista y su dominio del volumen, textura y vacío. En palabras de Elida Román: «Delicadamente pulida o austeramente tocada, la piedra consigue una expresividad espontánea exaltada solo por la mano austera del artista».

En su búsqueda incansable de nuevos lenguajes, Mamanka incorporó el bronce como medio expresivo. Las pátinas, los colores y la posibilidad de retorcer el metal le permitieron llevar la serie Erosión a un nuevo nivel dramático, explorando el fuego, el viento y la dualidad entre destrucción y belleza. Paralelamente, ha desarrollado una nueva línea de esculturas centradas en toros, piezas trabajadas con una maestría en el pulido y el color que marcan un sello personal reconocible y audaz.

 

 

Su trayectoria lo llevó también a Medellín, Colombia, donde fue invitado a exponer en la galería Julieta Álvarez. La exposición fue un éxito y marcó el inicio de una nueva etapa en su vida artística. La conexión con el público colombiano, el reconocimiento de la crítica y el respaldo de la galería lo impulsaron a regresar en varias ocasiones, fortaleciendo lazos culturales y profesionales en el país.

Hoy, Luis Sifuentes Mamanka es un escultor consolidado, cuya obra trasciende fronteras y disciplinas. Su lenguaje nace desde lo profundo: la infancia herida, la naturaleza salvaje, el tiempo que transforma, la piedra que resiste. A lo largo de los años, ha demostrado que la escultura no solo es forma, sino también memoria, emoción, y, sobre todo, verdad.

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